Rutinas de Lima

Océano Pacífico de Lima (Miraflores)

La costa verde que siempre me acompaña cuando estoy en Lima

Es difícil para mí no tener una rutina en Lima. Sobre todo porque Lima es la ciudad donde nací y crecí, y es la ciudad a la que siempre vuelvo y encallo por un tiempo la mayoría de las veces, al menos hasta ahora. Para mí estar en Lima significa reencontrarme con mis hermanos, mi dulce sobrina y demás familiares, salir con muy buenos amigos que la vida me ha ido presentando, ver a mis mejores amigas del colegio y universidad, y poco a poco en cada uno de mis círculos voy creando rutinas para mi nueva estancia.

Mi hogar de Lima

También Lima se ha vuelto para mí una suerte de enclave de reposo o de pausa, como si Lima simbolizara una pausa en el viaje de mi vida. Sé que aún en Lima mi vida sigue transcurriendo, y me divierto mucho estando aquí, pero es tan fuerte el deseo de seguir viajando por el mundo que, cada vez que retorno a mi ciudad natal, siento como si estuviera avanzando en cámara lenta hacia ese destino que me espera expectante. Hay tantas cosas por ver, conocer y vivir del mundo, que una ciudad no podría pararme.

Considero este último mes en Lima, desde que regresé del viaje a los Estados Unidos, como un mes de rememoración de rutinas y preparación para el desprendimiento. Quiero comentarles, para que puedan entender de una mejor manera el porqué de esta situación, es que en más o menos un mes estaré arribando en Europa por primera vez en mi vida, y aunque este futuro es muy cercano, durante los últimos 30 días muchos de mis pensamientos han girado en torno a Lima y en las rutinas que fui creando en ella, rutinas que próximamente dejaré o que poco a poco he ido dejando, tal vez para no sentir muy fuerte el desprendimiento.

Mis rutinas de Lima

Una de mis rutinas más memorables consiste en las noches de sapo en compañía de muy buenos amigos. Estas noches de sapo se desarrollaban en el “Sapo de Oro”, un bar legendario ubicado en el antiguo distrito de Breña, en donde nos congregábamos para divertirnos con el juego del sapo, formando grupos y compitiendo entre nosotros para ver quien obtenía más puntos echando las monedas de bronce a los agujeros de la mesa. Siempre celebrábamos en conjunto cuando uno de nosotros lograba meter la ficha en la boca entreabierta y siempre rígida del sapo dorado. Era una hazaña prodigiosa que siempre recaía en nuestro buen amigo Andrés, siempre él con buena puntería. En el siguiente video pueden escuchar la canción que siempre sonaba en el Sapo de Oro:

Otra de las rutinas que sin duda extrañaré son las reuniones en casa de mis amigos Franco, Camilo, Andrés y Amelie, a donde solía ir con mi chico Cale. Nos encantaba esa libertad que existía para ir allá cuando queramos, sabiendo que siempre éramos bien recibidos. Nunca había un plan, todo podía salir de repente, y hasta quedarse en casa con ellos era divertido. Me entretenía mirarlos jugar videojuegos, sobre todo cuando Cale jugaba Golden Eye 007 y destrozaba a todos, es un genio en ese juego! Las películas, los tragos, las comidas, las conversaciones siempre tan interesantes y desafiantes. Yo tenía que tomar las cosas con calma y con sentido del humor. Ahora esos días los recuerdo como unos de los mejores de mi vida.

Tampoco puedo dejar de mencionar en este recuento de rutinas entrañables, a los fines de semana de leche de tigre en el mercado N°1 de Surquillo, que durante el verano fue nuestro punto de placer y sublimación con la comida marina peruana. Además, ese ambiente de feria y con amigos siempre me encantó, donde los mariscos y el pescado se hermanaban con la chicha, la conversa, el helado y las risas.

Durante el tiempo que estuve trabajando en Lima, también se me hizo rutina trasladarme hasta la Universidad Católica donde trabajaba, en un viaje que duraba entre 45 minutos a una hora dependiendo de la hora y el tráfico. Sin embargo, creo que esta ruta diaria de ida y vuelta no voy a extrañar, pero sí a mis compañeros de trabajo, y sobre todo los lunes de almuerzo con mi familia en un restaurante de Pueblo Libre, donde pedíamos el Shambar de siempre, una sopa de frejoles con jamón, tocino y hierba buena. Después de esa sopa no era necesario comer más pues me recomponía el alma y el cuerpo, más aún si por casualidad tenía un leve resfriado.

Tampoco puedo obviar aquellas mañanas de sábado con mi pequeña sobrina, preparando panqueques en mi casa aún con pijamas, que aunque podían ser un aparente caos de nubes de harina, regaños, explosiones de huevos, risas y leche derramada; al final los panqueques salían deliciosos y crocantes por las cáscaras de huevo que en ocasiones se infiltraban.

Y así es que han transcurrido mis días últimamente, recordando mis rutinas, despidiéndome de algunas de ellas, y observando lo que sucede a mi alrededor con mayor detenimiento, como se hace cuando se sabe que no se les va a ver durante mucho tiempo. Todo va a seguir su proceso y su evolución, y esas rutinas cambiarán como vienen cambiando, todo va a cambiar, los lugares y también las personas. Incluso yo estoy cambiando en este mismo momento, pero escribo para perennizar de algún modo estas vivencias a través de mis palabras, aunque sé, al mismo tiempo, que cuando tú las leas, mis rutinas y experiencias se van a ir transformando también en tu mente.

Dejo este video de una canción que estoy escuchando estos días de remembranzas. Saludos y hasta la próxima.

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